viernes, 14 de agosto de 2009
La Salada. Calzones de organdí para defender a la prole
miércoles, 12 de agosto de 2009
Late la fábrica sin patrones

Ahorita, después de haber escuchado la transmisión por más de 5 horas y de haber acompañado de alguna forma u otra el proceso maravilloso de los obreros por 8 años, sólo me dan ganas de hablar del amor, del amor como una verdad absoluta.
La lucha de Zanón es amor, expresado en un libro editado en cerámicos, en la sonrisa de esos tipos cuando vuelven a sus casas con los bolsillos llenos, en los días de caminar por las calles de Neuquén demostrando que se puede construir una sociedad distinta, en los presos donando su comida cuando los obreros estaban en huelga, en la cara de Carlos Fuentealba que hoy levantan como un nuevo estandarte. Mil y una imágenes que se cruzan y mezclan como un tejido infinito de verdad.
Me gustaría estar en Neuquén para abrazarlos fuerte y saltar con ellos, para cantar una canción feliz porque hoy lograron un hecho histórico para sus vidas y las de toda la clase trabajadora y la de aquellos que apuestan a la dignidad. Zanón respira y late gracias a mas de mas de 400 tipos que cada día despertaron y despiertan pensando en el amor.
Éramos tan grunge

A pocos meses de regresar a los escenarios,Stone Temple Pilots, la última banda de rock sucio de los ’90 desembarcó en Buenos Aires. Nostalgia, jeans rotosos y aires cowboys en una cita planificada por más de quince años.
La marcha de los funebreros
Con la esperanza de volver a jugar en las ligas mayores y sin cancha propia, la histórica barra de Chacarita, la más temida por los rivales y la policía, sale a los tablones. Humo, sudor y reviente en el estadio que dejó el verde por un día.
Cerca de las 8 de la noche, Caballito se tiñe de luto. Sobre la calle Rojas, las bocas de los subterráneos y las puertas de los colectivos escupen pibes con camisetas tricolores. Como un cortejo acelerado y nada luctuoso, la marcha de Los Funebreros comienza a abrirse paso por Avenida Avellaneda: en una hora más, el Club Atlético Chacarita Juniors enfrentará a Talleres de Córdoba.
El encuentro está pactado en el estadio Ferrocarril Oeste: la crisis económica abatió duramente contra el equipo de San Martín y los dejó sin cancha. Una disposición de la AFA, que impide la participación de los visitantes en los partidos de fútbol de la Nacional B, es el premio consuelo para los locales desposeídos. “Nos da vergüenza, sí, pero igual venimos con la frente en alto”, explica un viejo canoso que vivió el éxodo barrial de su equipo. “De Chacarita –donde adoptaron la profesión de funebreros por cercanía al cementerio- nos mandaron a San Martín y ahora ni siquiera tenemos un espacio propio”, añade con el ceño fruncido, entre sollozos exagerados.
En las inmediaciones de la cancha, ya se prepararon todos para el festejo. Un panzón despliega el merchandising oficial en la esquina, bajo un coro de ofertas jugosas; los feligreses más pudientes compran gorros, vinchas y banderas. Desde algunas parrillas callejeras, las nubes de humo picante de los choripanes tientan a la cola de la popular. Para entonces, la policía de la provincia se adelantó a la hinchada y formó fila sobre la vereda de enfrente: cincuenta tipos metidos en su caparazón de seguridad esperan -bastón en mano- que alguno se porte mal.
El sol aun en alto golpea duro contra el lomo de los pibes que revolean la camiseta frente a la cancha. En pocos minutos, las paredes verdes y blancas de Ferro se funden en un collage rojo, blanco y negro de la hinchada de Chacarita: hombres, mujeres y niños seguidores del Funebrero copan la entrada.
–¿Cómo estás, Ma? ¿Tenés éste de Isaac López? –Un treintañero con voz de vino y tabaco reparte el último número de Cultura Funebrera, la publicación que la barra brava prepara en cada encuentro “con mucho amor”, según anuncian las letras negras de la portada. El último número va destinado al arquero insigne de la institución: el tipo que más años jugó al servicio de la tricolor. La foto de López aparece en la tapa en escala de grises, “para que pinten los funebreritos”, aconseja el comité editorial.
–Dame uno, papá, que éste es histórico. ¿Te pusiste algo de información sobre el Ruso? –Un hombre vetusto estira sus manos esqueléticas hasta la revista. Aparte de la gloria efímera de jugar de local en cancha prestada, los Funebreros estrenan director técnico y la ilusión de volver a la A.
–Obvio, campeón, buscala en la contratapa –responde el treintañero con sonrisa dura–. Le pusimos un recuadrito con toda la ficha técnica, le pusimos.
Con la publicación en mano, el viejo sigue en dirección a la puerta. Se choca con un primer control de seguridad que, después de palparle hasta el calzoncillo, le retira el diario que lleva bajo el brazo. “Nada de cosas raras, señor”, lo cuida el policía. Quedan aún cinco inspecciones y varios manoseos. En el último le quitan el encendedor: ya pasó que “otros sabandijas anduvieron prendiendo fuego en la tribuna”, explica con aspereza el uniformado. Y el encendedor de plástico amarillo vuela a una montaña de cosas a recuperar a la salida atestada de navajas y otros objetos punzantes. Del otro lado de la reja, sobre la tribuna aun sin llenar, unos cuantos rastreros encienden porros y fasos, de cara a los controles.
En los tablones
Media hora antes del partido, la tribuna de la popular está casi llena. Una lluvia de insultos cae sobre el plantel visitante que entra en calor en el campo de juego: “Puto, sos puto, sí, te encanta que te la den”. Un pelado que no alcanza los veinte años se ensaña con el arquero de Talleres. Grupos pequeños de muchachos cuelgan banderas sobre el alambrado, lo más abajo posible para no tapar la vista a los que están en los tablones. La más inmensa reza: “Oeste Funebrero”, con la ambición de hacer hinchas de Chacarita, a los barrios bajos de Capital, esos del agite descrito por Divididos.
–Claro que acá está el agite, loco. Nos estamos jugando mucho más que el honor de un partido: tenemos que ganar para salir de la B. –Aldo tiene panza de embarazada atiborrada de tatuajes en tinta china; el único de sus dibujos imborrables bien hecho es del escudo del club de sus amores.
-Si no les ganamos a estos putos yo me mato, si son lo peor del mundo.Cuenta la leyenda que la hinchada tricolor es una de las más implacables de la escena futbolera. Sobre los tablones flacos de madera, rozan la imagen de un grupo de scout emocionados por una actividad recreativa. De pronto el aire se corta con tijera; todos dejan a un lado los gritos, silbatinas e insultos y giran las cabezas: por la mano izquierda de la Avenida Avellaneda, cinco colectivos destartalados transportan a “la gloriosa barra de San Martín”, como se hacen llamar los barras bravas.
–Ahí viene la barra, Emanuel, miralos qué lindos. –El niño de cinco años deja de jugar con el sorbete de su Coca Cola, mira de reojo y vuelve a las burbujas del líquido negruzco. La madre, una adolescente desdentada, aplaude enfervorizada. Y así lo hace toda la tribuna: con solemnidad excedida, levantan las colas de las tablas para recibir a la rama dura de la hinchada.Unas cuadras antes de llegar al estadio, parte de la barra fue arrestada por la policía. “Sesenta y siete, me contó el Lobo por el celular. Nada, traían facas, chumbos y droguitas”, explica Aldo más angustiado de que sean menos para alentar que por la suerte de los compañeros. No obstante, ciento y pico de muchachotes siguieron adelante. Entonces la policía abre el vallado metálico y la banda de San Martín asalta la cancha de Ferro. Redoblantes, trompetas y clarinetes abren paso entre la gente que los saluda con abrazos. “Somos de la gloriosa banda del funebrero, la que va por las calles hablando del descenso. A pesar de los gases y palos recibidos, sigo estando a tu lado Funebrero querido, Funebrero querido”, canta la hinchada a grito limpio.
Parte de la barra tomó el centro de la tribuna; abajo, los que quedan dispersos despliegan banderas largas de Chacarita y otras de Argentina sobre los laterales de las escalinatas. Cinco paños limpios y sedosos son los seleccionados para que suban al tope de las gradas: los barras tiran las telas y las manos de los hinchas se pelean por tocarlas.
A las 9 en punto, los altavoces se encienden: una voz masculina y amigable nombra la lista de los jugadores de cada equipo. Un silencio inesperado brota en la hinchada cuando se inflan los tubos que dan a los vestuarios: el plantel tricolor sale a la cancha y por las gradas pasa un temblor. Al ritmo del redoblante, la hinchada corea una cumbia de Nestor En Bloque con letra modificada, aunque con un dejo de ternura. El equipo visitante cumple el mismo ritual que el Funebrero. Ahora, la letra pegajosa y dulzona se vuelve un repudio ácido. “A estos putos les tenemos que ganar, a estos putos le tenemos que ganar”, entona la hinchada y sus saltos altísimos ponen en peligro la estabilidad enclenque de las gradas populares de Ferro.Empieza el partido y el silencio de desvanece en las faringes de los fieles. Toda la cumbia y el rock nacional están puestos al servicio de la creatividad de la banda tricolor. Los muchachos de caras deformes se descosen en bailes; los pechos de las mujeres convulsionan de arriba a abajo en cada salto. La tribuna es un rejunte de hombres y mujeres estafados por los peluqueros y los dentistas. Al cabo de unos minutos, el olor a choripán recalentado desaparece: una mezcla de mostaza barata y sudor de macho se desprende de los cuerpos aceitosos.
Cerca del final del primer tiempo, Chacarita hace un gol. El zurdazo del delantero vibra en las gargantas estremecidas de la hinchada. Los cuerpos transpirados se abrazan y manosean. Con suerte, uno que otro se puso un desodorante potente pero a nadie le importa: por dos o tres minutos el festejo se come las formalidades y los malos tragos. El gol entusiasma a los jugadores y la barra se emociona con las jugadas adrenalínicas. Siguen cantando y bailando. Desde abajo, de cara a la tribuna, un adolescente con el maxilar superior un poco salido y la mandíbula hundida baila murga como un arlequín retardado y babeante. Y así, hasta el final de los primeros 45 minutos, la única en pie es la banda tricolor que sigue regalando melodías.
Segundo tiempo
En el intervalo, la hinchada aprovecha a llenar sus estómagos con hamburguesas y panchos recalentados. Las mujeres rumbean al baño para arreglarse el delineador corrido. Con picardía de sospechosa inocencia, unos nenes cierran la reja que da al sanitario de damas; al salir, las chicas chocan de frente con la puerta alambrada. “No les queda otra que saltar”, dice uno entre risas. Enseguida, un tipo fortachón rescata a las chicas con una patada que tira la puerta abajo. “Muchas gracias, qué caballero”: la morocha de labios carnosos le acaricia la frente.“Estoy pegado, re jugado, hasta las manos, rancheando con pibitos de mi palo”, canta la voz del líder de Yerba Brava en el alto parlante, mientras las autoridades del club entregan premios honoríficos a unos cuantos colaboradores. La hinchada se apura de regreso a las gradas. El silbato del árbitro suena y arranca el segundo tiempo. La banda embiste con canciones más explosivas; el coro tricolor vuelve a la de batalla: “Y vamos chacha ponga huevo pase al frente, que se lo pide toda la gente. Una bandera que diga funebrero, matar a los bosteros y un porro pa’ fumar”. El repudio histórico a Boca obedece a un enfrentamiento que dejó sin vida a varios funebreros.La fila de policías cubre el fondo del arco visitante. La hostilidad del público para con Talleres exige mayor concentración entre los uniformados. Un vigilante gordo y morocho mira de reojo el partido: es el único que se permite gesticular. Entonces, Chacarita mete un gol y la tribuna se despedaza en saltos y gritos. La gloriosa banda de San Martín arremete con los clarinetes y tambores. Después de los besos y abrazos entre vecinos, amigos y desconocidos, la tribuna entera se vuelve una murga afinada. Con sus manos pesadas, posiblemente la mismas que sostuvieron el bastón para golpear con violencia a algún hincha díscolo, el policía usa al escudo de redoblante.
La tribuna sigue el festejo hasta que el visitante, pocos minutos después, hace un gol. Pasan treinta segundos y nadie se atreve a hablar. Después vuelven a llover las puteadas, pero falta demasiado para que termine el encuentro: hay que mantener la guardia alta. Entre platea y popular, la hinchada de Chacarita no supera las 10 mil personas, pero la masa homogénea tiene la fuerza de un león: alguna pócima extraña que le robaron a los muertos.Javier deja las gradas y se acerca al alambrado para espiar el partido entre las banderas. Atrás, los muchachos se mueven como gatos en celo al ritmo de su canción predilecta, la que construyeron con la melodía de un tema viejo de Andres Calamaro: “Yo soy del funebrero. Soy de chaca porque tengo aguante. Aunque ganes o pierdas, nunca voy a dejar de alentarte. Funebrero quiero verte dar la vuelta: es el sueño de toda la banda entera. La que deja la vida por los colores: vos en la cancha, yo en los tablones”.
–Nosotros éramos una hinchada peronista y ricotera, pero ahora está lleno de pibes chorros. –Javier, como un pedazo de carbón con sonrisa blanquísima, habla como un viejo acerca de los próceres de la tricolor. El “profesor”, como dice de sí, mira de reojo a la barra y se muerde el labio.
–Pero esto no pasa sólo con Chaca, viste: pasa en el fútbol en general. Es como la sociedad: se está yendo a la mierda, nos estamos yendo a la mierda. Después de dos goles más para cada uno, Chacarita el partido termina con Chacarita como ganador. Javier abraza a los pibes que tiene al lado: es hora de festejar sin presiones. La hinchada aguarda unos minutos en la tribuna y desciende por columnas con los brazos y la voz en alto: “Para los pibes que te alientan desde el cielo; para los viejos que te vieron campeón en la A”. Desde 1969 Chacarita no sale campeón de la A, donde juegan sus enemigos. Después de aquella victoria emblemática, ese placer que se dan los grandes, anduvo entre los últimos puestos de la liga mayor y la esperanza que da jugar en segunda. Pero hoy ganaron y festejan: porque no tienen cancha, por los muertos y los viejos; por toda la misa del futbol y del circo popular.
“Peronistas, ricoteros o pibes chorros, nena…estos 90 minutos son de las pocas alegrías que nos quedan”, dice Javier mientras besa la camiseta tricolor. En unos días más, el Funebrero volverá a enfrentar a un rival “con dignidad, carajo: con dignidad… como lo querría el general”.
La Cantidad

“¡Suficiente! O demasiado”, escribió alguna vez el poeta William Blake; la cantidad justa es para algunos la búsqueda infinita. A 50 años de la Revolución, en el país que batalla contra el bloqueo económico, el Capitalismo y la miseria, esa discusión está relegada. Un recorrido fugaz y cuantitativo por el bastión del socialismo.
“Hay una verdad que es ineludible: existen las ausencias. El frío no existe, existe la ausencia de calor, y así…”, se pone medio metafísico Pablo antes del viaje. En pocas horas más, aterrizarán en La Habana. Dicho así parece un segundo, pero son exactamente siete horas: la cantidad justa para convencerse de que aquello que los espera es bueno. Van a ver el Capitolio, el Aeropuerto Internacional José Martí, la Bodeguita del Medio: la obra y gracia de la Revolución, aquella que siguieron en libros, fotos y banderas. No llevan la cantidad de dinero necesaria para darse grandes lujos, pero son turistas y éstas sus vacaciones.
Las horas pasan volando y deciden dormir. Amanecen en Cuba con sonrisa y calor. Buscan alguna pieza barata para alquilar, algo modesto y seguro. Encuentran un cuarto limpio en la calle Dragones, la única pieza con ventilador que alquila ilegalmente un ex actor famoso de la televisión pública. Organizan el equipaje y sus cuerpos con maestría; en minutos caminan por la isla de las maravillas. El sol hostiga la calle como un patrón desmedido: a las 3 de la tarde Centro Habana es un reguero de hombres y mujeres sucios, autos viejos, muchachos en bicicleta transportando carros con más de dos personas, chicas ofreciendo sus cuerpos por dólares y postales del Che.
Pablo marcha sonriente, ella le devuelve la galantería, pero a las cuadras le confiesa: “Este lugar es un infierno”. Está lejos de adaptarse a lo que imaginaron y bastan unas pocas cuadras para que los gestos felices de otros turistas los descompongan: no pueden creer tanta hipocresía ellos que son progres. El tiempo pasa y la tristeza sube a las nubes. Entonces encuentran una librería que ofrece marxismo y poesía a precios increíbles. El olor a fritanga y perro muerto, los chicos mendigando dulce yanquis y el talante hostil de La Habana desaparecen: llevan una veintena de libros baratos y son felices. “Es la cantidad la que importa, el consumo excesivo”, dice él. A la noche vuelven a la habitación de Dragones más cerca de la felicidad que del arrepentimiento, pero Cuba sigue respirando.
Los otros
Cerca de las 8 de la noche, Mari llega a su casa en Buena Vista. La guagua la deja parada en el barrio de casas celestes pastel que se caen a pedazos y rebalsan de ron tibio. Se encuentran vivos Mari, Ángel, su esposo y Angelito, el único descendiente. El hombre le sonríe: unas horas antes compró una receta para diabéticos: la única forma de conseguir leche, en el país que juzga que a partir de los 7 años ya se adquirió el calcio suficiente para un buen crecimiento. Ella le devuelve un abrazo cansado de horas extras en el trabajo. Se saca su traje de explotada y oprimida: una blusa francesa regalada a escondidas por una amiga extranjera. En su cuarto muta a mulata fogosa y vuelve con vestido floreado y aros largos. En la heladera hay algunas bananas verdes, una taza de arroz y unas pocas malangas. Mientras Angelito se limpia la trompa emblanquecida por la leche y Angel destapa una botella de ron, Mari hace magia en la cocina: tostones y congri caliente.
Justo en ese momento, el esposo de Marily cierra la puerta del Comité de Defensa de la Revolución. Sube a su Mercedes viejo mientras recuerda las gloriosas batallas en Angola. Para en Concordia entre Soledad y Aramburu, a menos de una cuadra del Callejón de Hamel. Marily lo espera con yogur fresco, el único que van a degustar en todo el año. A esa hora, la hija está conectada al chat desde Madrid. Los dos corren a “acariciarla aunque sea en letras”. Después de los partes del cotidiano, se despiden entre sollozos. En la cocina preparan una sopa cargada en grasas y una ensalada de tomates con vinagre. Más tarde Marily confiesa que se siente un poco enferma y se retira al cuarto llorando. Prende la televisión para ver qué mal está España, en el fondo sospecha que es un caos: “es filoso el Capitalismo, tengo la certeza”, se dice entre lágrimas. Al día siguiente, los dos pedirán un permiso para salir de la isla; ya saben que este año tampoco será, que “habrá que esperar otro año o quién sabe cuanto más”. Marily se agarra el estomago y él le besa la frente con vergüenza.
Muy cerca de ahí, donde la ciudad todavía inventa oficios para comer, Gilberto prende una candela a Yemayá. Van a celebrar el Cajón, el ritual que los santeros esperan cada año para enterrar las penas y pedir lo necesario. Fariña y sus rumberos se sacan la realidad por las manos, lloran música en la calle Ánimas. Hacen esquina por allí el Palacio de los Matrimonios y el Hospital Amejeira, con los cuartos poblados de enfermo, las colas interminables y sus médicos famélicos. Suenan los tambores en la casa de la mujer que abrió las puertas para el ritual. Los feligreses a Babalú Ayé se cubren de aceites y perfumes; bajan las sienes ante sus santos y las velas de colores. Está todo listo para enterrar a su muerto: los cantos africanos, las estatuillas vestidas, el olor de los inciensos y las almas que ya no creen en la Revolución.
A esa hora, en Trinidad también es de noche. Cari filetea una toronja mientras su compañero saborea la tarde. La toronja se adoba y se fríe en aceite recalentado. La mesa está servida a oscuras: mantel de plástico y los vasos que ofreció el Estado. Cari se saca el delantal: detrás de ese pedazo de tela manchada es una mujer formidable. Comen en silencio, mirándose con sospechoso cariño. Las manos de la cocinera están ajadas de cítricos y los ojos del compañero inyectados en sangre. Después el hombre les llevará las sobras a los perros raquíticos del patio y Cari le besará los pies a San Lázaro. Se acostarán los dos en un sillón heredado, casi parecido al de otras casas. Intentarán hacer el amor, pero el amor no está y no se hace. “Camilo Cienfuegos”, reza la puerta que da a la calle, un cartel que envidia toda Trinidad.
Pablo tira todo el dinero a la cama y empieza a calcular: “Si nos medimos, puede alcanzarnos para veinte días”, explica preocupado. Una cuenta similar hacen en cada casa de la isla con el arroz, la leche, el yogur, el pan, el amor, las creencias y los sueños. El mismo cálculo harán los yanquis con las bombas que tiran o los países a extorsionar. La misma cuenta hará el mundo entero según las necesidades que dicte su pupo.“¿Qué le falta a Cuba? Lo tienen todo”, les pregunta un amigo ferviente admirador de la Revolución, después del viaje. “Lo que a todos”, le responde ella, “la cantidad”. Ya una vez lo dijo la poeta Reina María Rodríguez en referencia a sus gatos desnutridos: “Ellos suspiran por lo que vendrá. Me miran, tienen la ilusión de que vendrá después, “La Cantidad”, por eso resisten. La cantidad es para ellos, el sueño.”
lunes, 30 de julio de 2007
Se va, se fue

Se escucha triste el corazón de doña Manuela. Despierta muy temprano cuando el sol es un diablo que se escapa clareando al día. Pone a calentar el agua en una pava oxidada: barre el piso una y mil veces, después lo riega hasta encontrarlo parejito nomás de ese barro pisado. Está vieja doña Manuela, pero sigue bagualeando al amanecer, no sea cosa que la parca la encuentre dormida en la espera.
La hija de doña Manuela vive en las afueras de San Salvador de Jujuy, en un rancho de cartón y piedra que levantaron con su esposo juntando migajas de la calle. La hija de doña Manuela nunca fue a la escuela, a los doce ya esperaba al primer chango y de ahí se vinieron cinco más. Cuando cae la tarde, la hija de doña Manuela se va al cementerio a dejarle flores de jacarandá a su hijo más pequeño que murió de hambre y ella no supo qué hacer.
El hijo más grande de la hija de doña Manuela se barre las tardes por unos pesos y le lleva a la madre unas verduras frescas. A la sombra, la hija de doña Manuela corta todo en cubos perfecto y hace magia sabrosa que llena las panzas hambrientas. Los tres hijos más chiquitos de la hija de doña Manuela no alcanzan la mesa, se la pasan jugando en las calles irregulares. El esposo de la hija de doña Manuela tiene un carro viejo y un caballo pálido. Cuando llega la noche, el padre y los hijos se suben al carro en busca de cartones, botellas y algún escombro sano. Bordean las veredas prolijas cantándole a la luna.
Doña Manuela no sabe nada de su hija y sus nietos. Una señora que subió a la puna le dejó un mensaje rarísimo. Dice que fue una noche con luna grande y viento disperso. La hija de doña Manuela llevaba el pelo suelto. Madre, Padre e hijos agarrados de los bordes del carro, el caballo humeante, nocturno. La calle se llenó de estrellas, al carro le salieron alas de cartón. Subieron bien alto, volaron más allá del monte, se despegaron del suelo dejando una estela de frutas verdes y amarillas que comieron por días los nenes que salieron a ver el ascenso infinito.
Doña Manuela toma mate amargo, se arma un acullico. En una yica gastada guarda una estampita manoseada y un puñado de raíces. Está vieja Doña Manuela, su piel es una lija sedosa de tonos marrones. Las horas para doña Manuela se volvieron coplas, ella baila los minutos. La cholita doña Manuela, con los pies anchos de tanto andar se amigó con la soledad. Aprendió el idioma del silencio, le susurra un canto de tierra y viento, y no se sabe de dónde saca las fuerzas. Doña Manuela no llora, se le secaron las lágrimas un día que se quedo dormida al sol soñando carnavales.
Cuando se levanta el pueblo, Doña Manuela se pone el chulo y se ata una manta a la espalda. La puna de primavera tiene olor frío. Se sienta en una piedra partida, y en la rodilla amasa las raíces: hay una flor, hay un inicio, hay una fibra, hay un hilo. Teje sus yicas con hilos de piel y las vende baratas.
Se vuelve a casa Doña Manuela por un sendero de albahaca y espera la noche mirando el horizonte de los cerros. Le viene un viento fuerte, y enseguida estira sus manos. Se escucha triste el corazón de doña Manuela. Doña Manuela, dicen, no se sabe, parece se quedó dormida. Cuando despertó se escuchaban las botellas y un milagro fue para otros. La hija de doña Manuela, el abrazo fuerte y los changuitos le prendieron luciérnagas a su vestido. Se fueron copleándole a la vida, como un adiós decidido.
“Si miras los largos caminos por donde mi triste huella se fue, verás que manchó sus flores con sangre viva mi padecer.”[1]
[1] Manuel Castilla. Zamba del pañuelo.
Matar a un niño
STIG DAGERMAN
Matar a un niño
Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Hombres se afeitan ante los espejos en las mesas de las cocinas, y mujeres cortan pan para el café, canturreando, y niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto en el tercer pueblo por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su blusa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan recién cortado en un plato azul.
Ninguna sombra atraviesa la cocina y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara y en el cristal ve un pequeño coche azul, y al lado del coche, una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el coche, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajos, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos y, cuando los cierra, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el coche se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de cerezo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el coche y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.
Pero, al mismo tiempo que el hombre en el coche, en el primer pueblo, cierra la puerta de la izquierda tras de sí y tira del botón de arranque, abre la mujer, en el tercer pueblo, su alacena en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su blusa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y en ese momento pliega el espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el hombre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando luego el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días.No es lejos hasta los Larsson, únicamente cruzar el camino, y mientras el niño luego corre atravesando el camino, el pequeño coche azul entra en el segundo pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gentes que acaban de despertar, que están en sus cocinas con las tazas de café levantadas y observan al coche venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido y el hombre en el coche ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises.Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos en el camino todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino y, a campo abierto, aún es mucho mejor. El hombre es feliz y fuerte y en el codo derecho siente el cuerpo de su mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisas por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a un niño. Mientras avanzan hacia el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega a que no los abrirá hasta que puedan ver el mar y, a compás de los muelles tumbos del coche, sueña en lo terso que estará.
Porque la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz, y un minuto antes de que una mujer grite el horror, puede ella cerrar los ojos y soñar en el mar, y durante el último minuto de la vida de un niño, pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre su paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco, y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos.
Después, todo es demasiado tarde. Después, está un coche azul al sesgo en el camino y una mujer que grita, se saca la mano de la boca y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después, hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven un espectáculo en el camino que jamás olvidarán.
Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar el azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre, una vez feliz, que lo mató.Porque el que ha muerto a un niño no va al mar. El que ha muerto a un niño vuelve lentamente a su casa en medio del silencio y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras y, cuando se separan, todavía es en silencio; y el hombre que ha muerto a un niño sabe que este silencio es su enemigo y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para hacer este solo minuto diferente.
Pero tan cruel es la vida para el que ha muerto a un niño, que todo después es demasiado tarde.
